lunes, 31 de marzo de 2008
jueves, 27 de marzo de 2008
martes, 25 de marzo de 2008
sábado, 22 de marzo de 2008
Magia pura.
Sabio conjuro de un Tío Loco.
martes, 18 de marzo de 2008
Despertar en Tinieblas, el alebrije de Diego.
"Linares no conocía a estas criaturas de formas satánicas y carne como de hule transparente, que brincaban bajo la niebla aposentada sobre el valle; pero aun antes de verlas las bautizó "alebrijes" porque así, "¡alebrijeeeee...!", sonaba el grito que los extraños seres lanzaban a coro, como lobos mirando a la luna.
El cartonero de la Merced logró escabullirse por entre los tentáculos de los alebrijes gracias a las 2 muchachas vestidas de blanco que recorrían el paraje tomadas de la mano, como impulsadas por la brisa, sus pequeños pies desnudos acariciando apenas la capa de niebla acumulada sobre el terreno;
—Mira, algunos no se han muerto —dijo una de las niñas. Entre ambas levantaron al postrado Linares y le indicaron el camino a seguir.
Sin mirar atrás, el cartonero descendió a tropezones una pronunciada pendiente, entró a su casa, se tendió en la cama y cayó en un sueño tan profundo como catalepsia. El hombre no sabe cuánto tiempo permaneció así; un día se levantó, semiciego, tan débil que no podía hacer otra cosa que pasarse las horas sentado al sol, a la puerta de su casa. Parecía un anciano y su cuerpo olía a ceniza.
Si el cartonero se salvó en aquella ocasión y hasta recuperó la juventud (era el año de 1930) fue gracias a uno de esos fotógrafos que iban de casa en casa ofreciéndose para amplificar y colorear fotos de parientes fallecidos."
Texto de Guillermo C. Aguilera Lozano
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domingo, 16 de marzo de 2008
martes, 11 de marzo de 2008
jueves, 6 de marzo de 2008
lunes, 3 de marzo de 2008
Lindo como las veraneras.

No recuerda ya los dolores del parto, no recuerda los viajes que la llevaron por los rincones más remotos, ni los matrimonios de sus hijos, ni los bautizos de sus nietas y a veces tampoco los nombres de los bisnietos. Hace mucho olvidó las humillaciones del matrimonio y se rehúsa a recordar otras mil desgracias cotidianas, pero recuerda claramente el camino embarrialado por el que hace ya muchas décadas regresaban los jornaleros del campo. Recuerda el calor del sol pegando de frente al corredor y la curiosidad de ver al chiquillo aquel entre los hombres.
Nunca cruzaron más que un “buenos días” o un “buenas tardes” pero cuando le pregunté por su primer amor no dudó ni un segundo: “Lindo Morales”
Solo puedo imaginarlo lindo como las veraneras en flor, lindo como la piel sedosa de los congos recién nacidos, lindo como las primeras hojitas tiernas del invierno, lindo como las partículas de polvo que se suspenden eternamente entre los rayos de sol, lindo como la libertad de aquellas fincas turrialbeñas que jamás conocí. Pero ella mucho más práctica, menos ingenua e infinitamente más sabia que yo, simplemente lo recuerda Lindo, como Hermelindo Morales